jueves, 3 de septiembre de 2009

La Historia en los textos

La historia recreada en los textos
Desde la creación del sistema educativo, los “libros de lectura” destinados a los escolares de la educación primaria tuvieron un papel fundamental en la construcción de la memoria nacional. Pequeños textos, con pocas páginas de historia, supusieron, sin embargo, un lugar de memoria para millones de niños que los leyeron como un catecismo laico. Uno de los más difundidos fue El Nene, de Andrés Ferreyra, egresado de una de las primeras escuelas normales e inspector general del Consejo Nacional de Educación. Publicado en 1898, este libro de lectura tenía la particularidad de entrelazar la historia nacional con la historia familiar narrada por un abuelo, con el afecto de un mayor y con palabras propias del mundo de los niños (Braslavsky, 1994).
El Nene constituyó el punto de partida para una nueva generación de libros de lectura, que se diferenció de los catecismos laicos organizados sobre la base de preguntas y respuestas con los que se estudiaba en aquel entonces. Según Linares (1999), esta camada de libros definió parámetros de perdurabilidad que pautaron la producción hasta fines de los 60: la palabra como eje organizador y la imagen como sostén propio del método sensoempirista; contenidos orientados a temas nacionales; escritura próxima a la oralidad; regulación amplia del Estado y discurso textual dirigido hacia un público lector ampliado, esto es, el “ciudadano urbano moderno”.
En esta generación de libros se destaca también, por su amplia repercusión, El libro del escolar, de Pablo Pizzurno (1901), que contaba con unas pocas páginas de historia nacional y con un amplio despliegue de lecturas sobre el mundo contemporáneo acompañadas de un abanico de fotografías y dibujos (Braslavsky, 1994).
También los pequeños libros de asignatura destinados a la educación elemental cumplieron el anhelo de inculcar en esta Argentina de campañas, pueblos, diversidades lingüísticas y culturales, la idea de la nación y, al mismo tiempo, suscitaron la adhesión al régimen republicano. Llenos de alegorías, estos libros introdujeron en la historia nacional a los niños hijos de inmigrantes y de nativos y los acompañaron en un recorrido guiado por la idea de libertad-república, por las proezas de los héroes y por los símbolos patrios. El primero de ellos fue el Compendio de la historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, de Juana Manso, publicado en 1863 y ampliado en sus sucesivas reediciones. Considerando a la “historia patria” forjadora de la educación cívica, el libro de Juana Manso enfatizaba la idea de “República Argentina”. Esta tendencia se expresó luego no sólo en los textos redactados por los autores sino en la iconografía de la república que llegó tempranamente desde Francia al Río de la Plata (Burucúa, Jaúregui, Malosetti, y Munilla, 1990) y que colmó las páginas de los libros de historia, trayendo incluso en su tapa el símbolo de la joven Libertad-República con su gorro frigio emergiendo desde las tierras pampeanas.
En tiempos en que la historia se afirmaba como ciencia, algunos historiadores profesionales incursionaron en la producción de textos escolares. Entre ellos, se destaca la Historia Argentina de los niños en cuadros, de Carlos Imhoff y Ricardo Levene (1910) y, especialmente, por su prolongada vigencia, las Lecciones de Historia Argentina de Ricardo Levene (1912), destinado a la escuela media. Este libro tuvo prolongada incidencia en la educación: fue usado en algunas instituciones hasta hace tres décadas y contó con más de veinte ediciones hasta 1959, año de fallecimiento del autor. Las Lecciones de Historia Argentina fueron publicadas por la Editorial Lajouane hasta 1958, las reeditó la Editorial de Belgrano en 1978 y en una versión revisada de su hijo Ricardo Levene (h) fue publicada por la editorial Corregidor en 1992. Ricardo Levene fue profesor de la Universidad de La Plata y de la Universidad de Buenos Aires, presidente de la Academia Nacional de la Historia y director de la Historia de la Nación Argentina. La “nueva escuela histórica” representó durante décadas a la historia académica y profesional, siendo el mencionado texto escolar de más de cuatrocientas cincuenta páginas el que la hizo masiva entre las jóvenes generaciones que se sucedieron como lectores.
Durante el peronismo, en un contexto de expansión del sistema educativo —creció notablemente la matrícula en el nivel inicial, primario, medio y superior—, se registraron algunos cambios en los textos. En particular, los libros de lectura o los “manuales” que se publicaron desde fines de la década del treinta para la educación primaria introdujeron fuertes marcas vinculadas al régimen de gobierno (Plotkin, 1993). En ellos se enaltecía la figura de Perón y se glorificaban sus obras. Por otra parte, en 1952 La razón de mi vida fue convertida en texto de lectura obligatoria (Cucuzza, Pineau, 2002). Así, otra versión del presente resignificó el pasado: algunas figuras desaparecieron del panteón nacional y otras se incorporaron o fueron exaltadas. Continuando con la tendencia de “santificar” a figuras militares iniciada ya en los treinta, los textos para la escuela primaria del período peronista exaltaron particularmente la figura de San Martín como héroe patrio, siendo el aniversario de los cien años de su muerte ocasión para justificar la edificación de toda una pedagogía sanmartiniana. Pedagogía que con la posterior “desperonización” de los textos no fue abandonada. La historia recreada en los textos
En relación con la escuela media, durante el peronismo siguieron vigentes los viejos libros de historia. El de Levene, por ejemplo, se reeditó durante esta etapa: la historia como disciplina escolar no era afecta en la escuela media al estudio de los tiempos contemporáneos y por eso preservaba su vieja tradición, a diferencia de lo que ocurrirá con los libros de la asignatura Cultura Ciudadana, que sí fueron atiborrados por la impronta peronista (Finocchio, 1989).
Durante los sesenta se expandió la circulación de textos de otro corte, con actividades y con más imágenes. Entre los textos de primaria, se pueden mencionar el recordado libro de lectura Mi amigo Gregorio (Ferrari, Lagomarsino (1969) y los famosos manuales: el Manual del Alumno de Kapelusz, que comenzó a publicarse en 1938,o el Manual Estrada cuya circulación se inició en los años cincuenta. Rasgos particulares de esta época: en los primeros se cercenó la cercanía a la oralidad y en los segundos se introdujeron pequeñas actividades que se orientaron a iniciar al niño en el trabajo científico del investigador.
En la educación media, como dijimos, la vigencia de los textos escritos por reconocidos historiadores como Levene se prolongó hasta los años sesenta, en los que comenzaron a competir con el célebre “Ibáñez”, con diecisiete ediciones entre 1961 y 1972. Libro con ascendiente entre los alumnos por el tono dramático que la escritura otorgaba al hecho histórico, no necesitaba de un gran material gráfico ni de exageradas dimensiones (Devoto, 1993).
Llegaba ahora el turno de los profesores de la escuela media que comenzaban a producir los textos escolares de historia: José Cosmelli Ibáñez (1961), profesor de Castellano, Martha Etchart y Martha Douzon (s/f), profesoras de Historia, del Colegio Carlos Pellegrini, y Santos Fernández Arlaud (1969), profesor de Historia del Colegio La Salle. Una particularidad tuvo el texto de Fernández Arlaud (1969): fue uno de los que introdujo la mirada revisionista en los textos escolares de historia.
A esta altura corresponde mencionar también a aquellos pequeños textos especialmente buscados por los estudiantes por la economía de lectura que implicaban. Entre ellos se destacan el “Grosso chico” y “Grosso grande”: así eran llamadas las obras de Alfredo Grosso, quien publicó Nociones de Historia Argentina en 1893 y el Curso de Historia Nacional en 1898. Con apenas 125 páginas (obsérvese la diferencia con Levene), permitía acercar una historia más sencilla y amena a los jóvenes alumnos. Las sucesivas reediciones siempre tuvieron una entusiasta acogida hasta que llegaron otras publicaciones que comenzaron a hacerle sombra a su reinado entre el público estudiantil.
A partir de los sesenta tuvieron gran circulación los resúmenes Lerú, que resultaron de “gran utilidad” para los estudiantes porque desplegaban “punto por punto e íntegramente los respectivos programas oficiales de las distintas secciones del ciclo básico del bachillerato y el magisterio, las de comercio e industriales y el ciclo superior de los Colegios Nacionales, Liceos y Escuelas Normales” (Lerú, 1969). Los resúmenes Lerú eran pequeños fascículos de quince centímetros de largo y diez de ancho y constituían una lectura no autorizada por los profesores, aunque contaban con amplia difusión entre el estudiantado. Los resúmenes Lerú aludían al nombre de la editorial, pero en el caso de los resúmenes de historia también hacían referencia a su autor, Víctor Lerú, quien escribió dos resúmenes de historia para los estudiantes: Historia argentina de 1516 a 1813 (Lerú, 1969), e Historia argentina de 1813 a 1930 (Lerú, 1968).
En 1980 se publicó un libro que tuvo gran repercusión y que intentaba introducir una metodología dinámica, así como atender a los contenidos mínimos de 1978 que postulaban el entrelazamiento de la historia occidental con la historia nacional. En el mundo de la escuela se lo conoció como el libro de Miretzky, aunque sus autores fueron María Miretzky, Susana Royo y Elvira Saluzzi (1980). Este libro tuvo una nueva edición en 1993. También durante los años de la dictadura se prohibieron textos escolares como el de Juan Antonio Bustinza y Gabriel Ribas (1973).
A partir de la renovación democrática se produjo un profundo cambio en los textos escolares: la mirada sesgada hacia una historia nacional que se centraba en el estudio del período 1810-1853 se fue abriendo a otros temas, a otras perspectivas, a otros autores (en gran parte jóvenes procedentes del campo historiográfico). Nuevas editoriales nacionales y extranjeras promovieron una prolífica producción que se fue renovando año a año, acompañando cambios en las políticas educativas, en los requerimientos de los docentes, en las tendencias pedagógicas y didácticas. En este sentido, la introducción de fuentes contrastantes que promovieran el debate así como la orientación para la realización de actividades que promovieran la pluralidad de perspectivas entre los alumnos constituyó un signo de los nuevos tiempos. El contexto hablaba a través de las prácticas escolares que los textos postulaban. Además, la crítica fue un ejercicio más practicado por los autores de los libros. En los noventa, la reforma educativa subrayó, como dijimos, la importancia de los contenidos procedimentales, que dejaron profundas huellas en los modos de organizar los libros escolares. Así, desde la búsqueda y el análisis de diversas fuentes escritas hasta el uso de las técnicas de historia oral o la interpretación de material gráfico pasaron a ser componentes infaltables en los libros de historia.
La historia recreada en los textos
Hoy el mundo de los libros impresos se ve problematizado por la pedagogía del dossier de fotocopias, sobre la que ya mucho se ha dicho en relación con las dificultades que ocasiona cuando los niños y adolescentes enfrentan la necesidad de sistematizar los aprendizajes. También se ve interpelado y enriquecido por los nuevos hipertextos que apuntan a un lector que cuenta con diferentes sitios para cazar furtivamente la historia: http://www.elhistoriador.com.ar, http://www.aprender-de-la-historia.com, entre otros.
Cuando los tiempos o la dedicación aflojan, ya no son Grosso o Lerú los que vienen en ayuda de los alumnos sino la propia comunidad de estudiantes que sube monografías, trabajos, resúmenes o pruebas a la web y los pone a disposición en un sitio cuyo nombre produce escozor entre maestros y profesores, http://www.rincondelvago.com, o en otros sitios hermanos como http://www.monografías.com y http://www.alipso.com. Frente a las nuevas prácticas de lectura de los alumnos, los maestros y profesores debaten hoy qué supone “cortar y pegar” y qué lo diferencia de “copiar” (o pasar información de un lugar a otro).
Este rápido repaso sobre algunos de los textos escolares más usados en la enseñanza de la historia permite dar cuenta no sólo del papel jugado por una de las herramientas de la tarea docente sino del principal instrumento para formar lectores, más específicamente, lectores ilustrados, lectores republicanos, lectores nacionales, lectores entrenados para el desempeño en la vida social, pequeños lectores-investigadores, lectores críticos, lectores cazadores de pistas históricas, en fin, un arco de sentidos que fue resignificando el lugar de los niños y jóvenes lectores así como la producción de textos a ellos destinados.

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